Niños que muerden (y II)

Finalmente pasemos a los casos en los que hay que actuar. Se trata de niños que se enfrentan a un grado de estrés o de estímulos exagerado.

Nos encontramos, en ocasiones, con niños que han de enfrentarse a tareas (actividades, me refiero) que demandan demasiado o que no son propias de su nivel de desarrollo. Forzamos la máquina demasiado y acumulan tensión. ¿Forma de sacarla fuera? ¡Ñaca! Mordisco.

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También nos encontramos con niños que están experimentando situaciones estresantes tales como peleas en casa, falta de atención por parte de la familia (lo que no significa que haya que estar todo el día con el niño pegado a las faldas o al pantalón), la llegada de un hermanito, cambios bruscos, abandono... De nuevo tenemos una pequeña ollita a presión que necesita liberarla como sea y que no encuentra mejor manera.

Como vemos, en ninguno de estos casos el niño muerde porque tenga un plan maquiavélico en la cabeza o porque odie profundamente al otro niño a quien muerde (recordad que dentro de unos minutos estarán jugando de nuevo como si nada), así que no tratemos los mordiscos como una falta gravísima que tengamos que castigar.

Vale, tío listo, entonces... ¿qué hacemos?

Claro, algo habrá que hacer, porque tampoco es cuestión de que nos enemistemos con todos los padres de todos los niños (de nuevo, el problema es de los padres, los niños se llevan bien y resuelven infinitamente mejor que nosotros, torpes gigantones con pobreza emocional aprendida).

 

La conducta de morder se suele esfumar con el tiempo sin necesidad de hacer nada en la inmensa mayoría de los casos pero, si queremos inmiscuirnos en el proceso, podemos bloquear con el cuerpo o incluso separar a los niños pero, por favor, no nos pongamos como unos energúmenos. Puedo decirle a mi hijo que no está bien morder, así de un modo simple, o incluso no decirle nada y simplemente apartarlo para que baje la activación, pero de verdad que montar el cirio cuando un niño muerde no ayuda.

Imagínate, se te acerca alguien y te riñe por algo que es una forma natural de expresión y que, en ocasiones (recordad la niña de la que os he hablado) es una muestra de cariño o una acción comunicativa.

Yo soy partidario de no darle demasiada importancia, si acaso bloquear o separar momentáneamente, proponer otras actividades y poco más.

En los casos más graves o cuando detectamos que es por una de las causas que os he comentado antes, es decir, acumulación de estrés, tenemos que revisar el entorno.

¿Existen condiciones estresantes? ¿Estamos presionando demasiado a nuestro hijo? ¿Ha cambiado algo muy bruscamente en la familia o el entorno? ¿Estamos nosotros y nosotras demasiado tensos?

Recordad que la primera norma que doy siempre a los padres y madres cuando quieren que trabaje algún problema con su hijo es la misma: cuidaos vosotros.

Cuando tenemos un hijo es el momento ideal para pisar el freno y cambiar a una marcha más baja. Nuestras prioridades han cambiado bastante, ¿verdad? Pues que se note.

Tener un hijo es una oportunidad para experimentar el universo con otra mirada, a otro ritmo, con más curiosidad, con más disfrute.

Si estamos sobrecargados, busquemos ayuda. La inmensa mayoría de problemas con los que trabajo cuando el paciente es un niño suele resolverse cuando trabajo con sus padres.

Solicita herramientas, dale la tabarra a tu psicólogo, pregúntale, entrevístate con él, acude a sesiones de terapia (efectivamente, no son solo para "gente loca", también para padre y madres normales), reorganiza tu tiempo y tus actividades, aprende a ser más consciente (¿has oído hablar de la meditación? Pregúntame por ella).

Tu hijo muerde y seguramente se le pasará. A tu hijo le ha mordido un amigo y, curiosamente, sigue siendo su amigo. Juega con ellos, pasadlo bien, aprended cosas juntos y dejad que explore. Su cerebro y su cuerpo se irá encargando de lo demás.

Si ves que es más grave, por aquí andamos. ¿Te he contado que impartimos talleres?

Un fuerte abrazo y un mordisco cariñoso.

 

Juan Pablo Erencia.

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